Química del agua
El pH de la piscina: qué es y por qué decide todo lo demás
Si solo pudiéramos medir un parámetro en una piscina, mediríamos el pH. No porque sea el más importante en sí, sino porque de él depende que los demás sirvan de algo: el cloro, el estado del vaso y la comodidad del baño.
Por Jonatas Sampaio, CEO y Director Técnico 9 min de lectura
Qué es el pH, sin fórmulas
El pH es una escala de 0 a 14 que indica si el agua es ácida o básica. El 7 es el punto neutro: por debajo, ácida; por encima, básica o alcalina. El agua de una piscina trabaja en una franja muy estrecha justo por encima del neutro.
La escala tiene una propiedad que conviene tener presente, porque explica muchas sorpresas: es logarítmica. Cada unidad de pH supone un cambio de diez veces en la concentración de iones hidrógeno. Es decir, pasar de 7,5 a 8,5 no es «un poco más alcalino»: es diez veces más. Por eso una diferencia de dos o tres décimas, que en un número parece insignificante, cambia el comportamiento del agua de forma perfectamente visible.
Y por eso también una piscina «casi bien» de pH no es un detalle fino de técnico quisquilloso: es la diferencia entre que el tratamiento funcione y que no.
El rango de trabajo y por qué es estrecho
El rango de trabajo habitual en el tratamiento de piscinas está alrededor de 7,2 a 7,6. No es una cifra arbitraria: es el punto en el que coinciden tres cosas que tiran en direcciones distintas.
- Eficacia del desinfectante. Cuanto más bajo el pH, mejor rinde el cloro. Esto empuja hacia abajo.
- Protección de la instalación. Un agua demasiado ácida ataca juntas, hormigón, gresite y partes metálicas. Esto empuja hacia arriba.
- Comodidad del bañista. El pH de la lágrima humana está en torno a 7,4. Cuanto más se aleja el agua de ese valor, más incómodo resulta el baño. Esto empuja hacia el centro.
El rango de 7,2–7,6 es donde las tres exigencias se satisfacen razonablemente a la vez. Fuera de él siempre se sacrifica una.
Sobre los valores que fija la norma. En piscinas de uso colectivo, los valores admisibles de pH y de desinfectante residual, y la frecuencia con que hay que medirlos y anotarlos, los establece la normativa sanitaria aplicable —en Andalucía, el Decreto 485/2019 y la reglamentación estatal de piscinas—, y pueden no coincidir exactamente con el rango de trabajo que usamos como objetivo técnico. Para una comunidad, el valor que manda es el de la norma vigente y el que se anota en el libro de registro. Lo comprobamos sobre el texto en vigor en cada instalación antes de fijar los objetivos del plan.
Las tres consecuencias de un pH mal puesto
1. El cloro deja de desinfectar
El cloro en el agua se reparte entre dos formas: ácido hipocloroso, que desinfecta con eficacia, e ion hipoclorito, bastante menos activo. El pH decide la proporción. A pH 7,2 domina claramente la forma eficaz; a pH 8,0 queda poca. El test de cloro libre suma las dos y no distingue, de modo que puede dar un valor correcto mientras el agua va camino del verde. Es el fenómeno que describimos en detalle en por qué el agua se pone verde.
2. El agua ataca la instalación, o deja cal
El agua busca el equilibrio con los materiales que toca. Con pH bajo y poca dureza, el agua es agresiva: disuelve lo que encuentra, y aparecen juntas comidas, gresite que se despega, hormigón erosionado y rugosidad al tacto. Con pH alto y agua dura —el caso típico del Aljarafe—, ocurre lo contrario: el carbonato de calcio precipita y aparece la cal del borde, el agua algo turbia que no se aclara filtrando y las incrustaciones en el filtro y en el intercambiador.
Ninguno de los dos daños se revierte tratando el agua después. El gresite despegado se cambia, no se recupera. Esta es la parte del descontrol de pH que se paga en obra, no en producto.
3. El baño resulta incómodo
Ojos rojos, piel tirante, pelo áspero. Se atribuye al cloro, pero con mucha frecuencia es el pH fuera de rango, o la cloramina acumulada por falta de cloro libre efectivo. La prueba está en que una piscina con el mismo cloro y el pH corregido deja de molestar.
Alcalinidad total: el parámetro que lo sujeta
Aquí está la razón por la que tanta gente corrige el pH cada semana y vuelve a tenerlo mal a los tres días.
La alcalinidad total mide la capacidad del agua para resistir cambios de pH: son los carbonatos y bicarbonatos disueltos, que actúan de amortiguador. Es distinta del pH, aunque se confundan a menudo.
- Alcalinidad baja: el pH se vuelve inestable. Sube y baja con cualquier cosa —una lluvia, una dosis de producto, un baño concurrido—. Es el famoso «pH rebote»: se corrige y a los dos días está otra vez fuera.
- Alcalinidad alta: el pH queda anclado arriba y resiste la corrección. Se añade corrector una y otra vez con poco efecto, y de paso se favorece la precipitación de cal.
La consecuencia práctica es una regla de orden: primero se ajusta la alcalinidad total, después el pH. Hacerlo al revés es perseguir el pH toda la temporada sin estabilizarlo nunca. Es, con diferencia, el error más repetido en piscinas que se mantienen sin ayuda técnica, y se corrige una vez.
Por qué sube el pH en Sevilla
En esta zona el pH casi siempre sube; rara vez baja solo. Hay varias causas que empujan en la misma dirección:
- El agua de red es de dureza media-alta y tiende a ser alcalina. Cada vez que se repone agua por evaporación, se aporta más alcalinidad.
- La evaporación es intensa. Con los veranos del valle del Guadalquivir, una piscina descubierta pierde mucha agua; el agua se va, las sales se quedan y se concentran.
- La agitación libera dióxido de carbono. Cascadas, chorros, bombas de calor y el propio movimiento del agua desgasifican CO₂, y al perderlo el pH sube.
- La electrólisis salina sube el pH por diseño. Si la piscina es salina, este efecto se suma a los anteriores.
Por eso una piscina de la comarca que se deja a su aire acaba siempre por encima de 8. No es mala suerte ni mal producto: es la química del agua local, y lo que hace falta es corrección sistemática, no un producto mejor.
Cómo se corrige bien
Para bajar el pH se usan correctores ácidos; para subirlo, correctores alcalinos. Lo que distingue un trabajo bien hecho de uno chapucero no es el producto, sino cuatro cosas:
- Calcular la dosis según el volumen real del vaso, no a ojo. Para calcularla hay que saber los metros cúbicos: es el primer dato que tomamos en una auditoría y el que más veces falta en la documentación de una piscina.
- Corregir por pasos. Media dosis, circular, medir de nuevo. Pasarse de ácido y luego subir con alcalino deja el agua con mucha sal disuelta, los parámetros revueltos y dos productos pagados para volver al punto de partida.
- Añadir el producto diluido y con la bomba en marcha, repartido por el vaso y nunca sobre el skimmer. Un producto concentrado que cae al fondo y se queda ahí puede dañar el revestimiento.
- Medir después, no antes de terminar. Hay que dar tiempo a que el agua complete la circulación; si se mide a los cinco minutos, se está midiendo una mezcla incompleta.
Y sobre todo: tratar la causa. Si el pH sube siempre tras los contralavados, el problema es el agua de reposición y hay que contarlo con la alcalinidad. Si sube todos los lunes, probablemente es el uso del fin de semana. Esa clase de patrón solo se ve con un registro sostenido de las lecturas, que es exactamente lo que hace el informe de cada visita.
Cómo medirlo de verdad
Un buen método de corrección sobre una medición mala no sirve de nada. Tres advertencias que vemos a diario:
- Las tiras reactivas son orientativas. Sirven para detectar que algo va mal, no para calcular una dosis. Y se degradan: un bote abierto desde la temporada pasada, guardado en el cuarto de bombas con calor y humedad, da lecturas que no valen.
- Los reactivos tienen fecha de caducidad y los comparadores colorimétricos pierden fiabilidad con la luz. Un fotómetro con reactivos en fecha es otra categoría de dato.
- Dónde y cuándo se toma la muestra cambia el resultado. La muestra se toma lejos de los puntos de retorno y de los skimmers, a una profundidad de codo, y con la filtración habiendo funcionado. Agua recogida junto al chorro de retorno mide el producto recién entrado, no el agua de la piscina.
Esto es parte de por qué documentamos cada lectura con su hora y su punto de toma: un número sin contexto no es un dato, es una impresión. Puede ver qué incluye exactamente ese registro en la auditoría de 27 puntos.
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